Entrevista a Marie Tuka, congoleña, Misionera de Cristo Jesús, que actualmente está trabajando en el Extremo Norte del Camerún

Entrevista a Marie Tuka, congoleña, Misionera de Cristo Jesús, que actualmente está trabajando en el Extremo Norte del Camerún


Tuka cuéntanos algo de tu vida:

Soy la última hija de mis padres. Éramos cuatro hermanas, pero en realidad la familia estaba formada por 9 hijos, pues mis padres habían adoptado a cinco sobrinos que se quedaron sin madre. Todos tuvimos el mismo cariño y las mismas oportunidades de estudiar.
Éramos una familia protestante muy religiosa. Mi padre era Pastor y Misionero en su tierra. Era un hombre de Dios y muy humano. Su casa siempre estaba abierta a todos. Mis padres formaron una pareja muy unida e intentaron transmitirnos los valores del Evangelio a todos.

Tú eras protestante. ¿Cómo se te ocurrió hacerte Misionera de Cristo Jesus?

Viendo la humanidad de las Misioneras de Cristo Jesus en mi pueblo: su atención a los necesitados, su relación con la gente, su manera de romper barreras para insertarse en el pueblo y hacer posible la convivencia, su manera de entregar su vida a los demás.
Lo que más me gusta de las Misioneras de Cristo Jesus es que dan a conocer a Jesús por su amor y entrega a los necesitados y en los lugares más alejados, donde llaman menos la atención del mundo.

¿Dónde has desarrollado tu actividad?

Siempre me ha atraído la sanidad y socorrer a los débiles físicos y morales. Tanto en el Congo, mi país, como en el Camerún, donde ya llevo muchos años trabajado, lo he hecho en la sanidad.
Actualmente en el Camerún, además de ocuparme de la salud, procuro el encuentro con la mujer musulmana, comparto las alegrías y sufrimientos de una criatura silenciosa pero llena de vitalidad, que se olvida para dar la oportunidad al otro de ser él. Me impresiona su silencio impuesto, pero es un silencio que hará hablar un día al mundo.
Lo que más me sobrecoge de ellas es:
­ Que son capaces de morir respetando la tradición, pero dando vida.
­ Que a los 13 años pasan de ser niñas a mujeres, casadas con un hombre de la edad de su padre.
­ Que a los 30 años la mayoría tiene 14 partos.
­ Que a los 14 años puede quedarse sin hijo y sin marido para siempre, porque su primer parto, en su casa, la deja con una fístula que le impide la vida conyugal.
Una mujer me decía: “pronto fui al matrimonio, pronto me quedé sin marido y sin hijo. Mi vida es mi cárcel”.
Esta situación de los partos peligrosos en casa porque las mujeres no quieren ser atendidas por hombres en el hospital, nos llevo a crear un centro “Madre-Niño” que hemos logrado construir con la gran colaboración de la población y la ayuda de Pueblos Hermanos.
Allí no solamente ayudamos a las mujeres a dar a luz, también las escuchamos y compartimos sus dolores y sus alegrías. Las mujeres han encontrado un lugar donde recibir apoyo, y nosotras luchamos para que ninguna mujer muera dando la vida, ni se quede estéril a causa de una fístula.

¿Quieres darnos un mensaje final?

Sí, quiero agradecer vuestra ayuda y animaros a continuar vuestra labor aquí con Pueblos Hermanaos y desear que todos hagamos lo posible, “no solo por dar a África”, sino que ayudemos para que África no se quede siempre al margen del mundo, para que consiga tomar la plaza que le corresponde en él.

 


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